Una de las preguntas mas discutidas es qué es lo femenino; a ello se ha intentado responder desde diversas ramas del saber, así la sociología, la antropología, la biología, la psicología, la lingüística, han sido utilizadas para tratar de desentrañar aquello tan impreciso como lo es el concepto de feminidad.
Sin intentar contestar la cuestión señalada al principio, este trabajo pretende, siguiendo unas pautas simbólicas, arquetipales, las de Gilbert Durand, ver como en un filme en particular se retrata lo femenino.
Sin intentar contestar la cuestión señalada al principio, este trabajo pretende, siguiendo unas pautas simbólicas, arquetipales, las de Gilbert Durand, ver como en un filme en particular se retrata lo femenino.
El filme escogido es Oriana, dirigida por Fina Torres y rodada en el año 1985. Oriana es como múltiples cofres en los que se guardan y esconden secretos, una película que trata de intimidad, que refleja una feminidad muy particular, un filme que habla de ciclos, de regresos, de descensos, de fases, de muerte y sexo... De Oriana es imposible extraer toda su dimensión, porque siendo un filme cofre tiene, como todos los cofres una intimidad infinita y ésta, como escribe Gilbert Durand, no se acaba aunque se abran todos los cofrecillos, nunca se llega al fondo.
Puede resultar paradójico que el personaje principal de la historia se llame Oriana, que etimológicamente significa de oro, que tienen mucha mas relación con el sol que con la luna, porque Oriana es una mujer, y una película, eminentemente lunar. Porque Oriana, el filme, enlaza con Régimen Nocturno de la imagen durandiano, porque no huye del tiempo sino que lo vence, se instala en la intimidad, eufemiza la muerte, el tiempo puede decirse que esta marcado a partir de los giros, de la repetición que esa figura simboliza, porque Oriana, la mujer, es como la luna que es promesa siempre del eterno retorno.
Y porque luna, mujer, agua, tierra, casa, cofre, armario, columpio, cocina... están íntimamente ligados a una idea, la de lo femenino.
Lo Sagrado.
Un fogonazo de magnesio fija en retrato de la familia, deteniendo el tiempo y remarcando a los personajes en un espacio... La fotografía de la secuencia inicial de Oriana, no solo funciona como escena primera, sino como escena primaria, como la escena primordial, la escena del tiempo primordial. Existe un tiempo primordial, inicial a todo cuanto hay, es el tiempo mítico; que, según Eliade[1], es revivido periódicamente en actos religiosos, durante las fiestas, en las que se rompe con la linealidad temporal del tiempo que transcurre para insertarse en una temporalidad especial, un tiempo de hierofanías, un tiempo sagrado que es indefinidamente recuperable, indefinidamente repetible.
Oriana funciona como la vuelta al tiempo ab initio, María volverá a la hacienda de su tía Oriana 30 años después de su primera y única estadía en aquel sitio; en su regreso, la María adulta reintegrara el tiempo inicial lo que significa desear también reencontrar la presencia de los dioses y recuperar el mundo fuerte, fresco y puro, tal como era in illo tempore. Se trata a la vez de una sed de lo sagrado y de una nostalgia del ser[2]. La vuelta de María a aquella casa, es el regreso a su tiempo de infancia, pero también será el viaje (quizás hasta el regreso, aunque suene paradójico) a un tiempo no vivido, al tiempo anterior a cuanto ella vivió. El tiempo de la tía Oriana.
María se reencontrara consigo misma, con la historia familiar, con los secretos guardados en especies de Matriushkas (secretos de mujer guardados por mujeres y en lugares femeninos). María emprende dos viajes, uno físico desde su casa en Paris hasta la hacienda de la tía Oriana en la costa venezolana, y un viaje temporal entre 1910 y 1970. Pero estos viajes están acompañados por un doble movimiento, María entra físicamente en la casa, y la casa penetra en los recuerdos de María, y aun yendo mas lejos la hace participe de la hierofania familiar, en otras palabras María entra en el espacio, y el espacio la traslada en el tiempo, llevándola al Tiempo Sagrado, aquel tiempo de los comienzos, del instante primordial[3]. El mismo tiempo Sagrado que se ha instalado en el espacio, es el que cuenta, y hace vivir a María, lo sucedido en la hacienda de su tía Oriana.
La hacienda es pues poseedora del tiempo sagrado, porque el espacio sagrado se convierte en prototipo del tiempo sagrado[4], pero a su vez es el espacio sagrado donde es posible la comunicación entre dos mundos diferentes, o en palabras de Eliade el transito de una región cósmica a otra. En Oriana, la hacienda propicia que María se instale y sea instalada en regiones supratemporales. No es mera casualidad que María este jugando a la semana cuando la picara la avispa, ella estaba jugando con el tiempo, ¿y no es Oriana acaso un juego temporal? Y Fidelia en su oración pide que el ayer se quede ayer y el mañana, mañana...
El primer movimiento lo emprende María en un sueño agitado, y recordemos que los sueños son fuerzas que proyectan al ser humano, condicionado históricamente, hacia un mundo espiritual infinitamente más rico que el mundo cerrado de su ‘momento histórico’[5] y el sueño de María se une visualmente con el descenso que emprenden ella y su marido, Georges, hasta la hacienda. Gilbert Durand[6] señala que se desciende para remontar el tiempo y volver a encontrar la calma prenatal, por lo que no es de extrañar que el film se inicie con una toma de la casa, al lugar a donde arribara María, ya que la casa es símbolo de la feminidad en el sentido de refugio, madre, protección o sena materno[7] Que María descienda, y lo haga hacia la casa, resulta mas que significativo, porque la casa será el lugar sagrado, el lugar primordial, y ¿no es acaso el vientre materno el lugar primordial de la vida, de todo cuanto es posible?
El descenso, que es principalmente el descenso de María, aunque acompañada de Georges, este permanece ajeno a todo cuanto acontece, es un hombre que entra sin penetrar en los espacios de María, los espacios femeninos, se hace por un camino serpenteante, como el cordón umbilical a través del cual retomara el camino, el contacto con el espacio sagrado y el tiempo primordial. Un descenso, en el que al fondo se ve el mar y el mar es el lugar de los nacimientos, de las transformaciones y de los renacimientos[8]
María emprende un viaje de retorno, y los retornos son símbolos de la muerte, como señalan Cirlot[9] y Chevalier[10], pero no la muerte entendida como el fin de la vida sino como un renacimiento, y no es casual que de una a otra escena se pase de la oscuridad de la noche a la claridad del día, que será, además el paso de la ignorancia al conocimiento, al descubrimientos de los secretos mediante hierofanías.
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